
Los Contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, Fritz Lang, 1955) fue una película de la que su propio director habló como un simple encargo de Estudio (Metro Goldwyn Mayer), como una revancha hacia sí mismo por su fracaso dentro de éste hace años (Los problemas con el rodaje de Fury contados en la entrevista de Peter Bogdanovich). Palabras que nos pueden despistar, en este como en otros casos, y acercarnos a ella con la etiqueta de "obra menor".
Veremos una serie de planos que personalmente siempre me han llamado la atención, empezando por el siguiente: la acción se sitúa en una cripta, lugar de reunión y almacenaje para una banda de traficantes de alcohol, un grupo de insatisfechos y ambiciosos que conspiran contra su superior (Stewart Granger). Este último aparece por sorpresa en la cueva a través de un agujero al uso.
La composición inicial queda marcada por un primer sobreencuadre llamativo físicamente que contextualiza el acto y que comienza a crear el clima apropiado. Una arcada amplia, rebajada y en sombra, enmarca al grupo en una primera restricción espacial que aclara y refuerza la clandestinidad del espacio subterráneo y las actividades que éste alberga.
Dentro de este remarque los hombres de la banda se han distribuido de tal modo que el jefe, llegando sin avisar, queda a su vez sobreencuadrado por estos. La disposición amenazante de los integrantes de la composición hacia el protagonista se hace palpable ya que dispone de un espacio mínimo en el que desenvolverse, un espacio vacío mínimo pero que supone su último reducto para seguir manejando una situación que por momentos se le vuelve en contra.
Pese a la formación casi de ataque que le violenta hacia la pared, su dominio material escaso, como la confianza que le otorgan sus cansados subalternos, se mantiene reconocible en lo visual yen lo verbal (les recuerda que fue él quién les proporcionó todo lo que ahora tienen).
Tan solo uno de ellos resuelve profanar la zona de exclusión que el sobreencuadre nos ha destapado, tan mínima como prohibitiva, con un tímido paso hacia la izquierda que lleva a sus piernas (unido a un leve balanceo de su brazo izquierdo) a invadir ligeramente el ámbito moral de mando; otros dos lo intentaron antes sin llegar a sobrepasar las líneas de separación entre el grupo y su superior. Apocado intento pero sustancial en la narración posterior: el mismo personaje que con la encogida bravata ocupó el intervalo creado en la composición será quien culmine el intento de rebelión minutos más tarde en un duelo a muerte entre ambos.


No estamos ante la complejidad formal que vimos en una secuencia de Murnau en este mismo blog, lo cual no querrá decir que en Fritz Lang no exista, pero la eficacia demoledora sigue presente bajo una elaboración más simple y directa acorde con la narrativa clásica del cine norteamericano de su tiempo.
No obstante, en Moonfleet, aparecen los mismo motivos que en Nosferatu, elementos verticales, físicos o humanos, y horizontales esta vez elípticos pero conocidos y sentidos: el suelo bajo el que se halla la cripta. De igual modo las sombras y el movimiento de los actores y el mar que demanda su espacio natural con la subida de la marea, completan una puesta en imágenes de brillantez en lo inmediato y premonitoria en lo narrativo. El manejo de estas fuerzas internas (y las externas tácitas) del plano tiene como resultado una estructura plástica sólida a la vez que sustantiva y efectiva dentro del relato.
El miedo y la amenaza, que no el susto, han sido creados, paradójicamente, con un orden riguroso en la transición artística de la causa al efecto. Película de género sí, pero con una estructura global impecable. En una próxima entrada veremos alguna muestra más de todo esto.


