
Las imágenes obtenidas fotográficamente de lo filmado (de lo profílmico, dejemos lo real a un lado) remiten de inmediato a esa fuente retratada “oscureciendo” cualquier otro aspecto. Por decirlo de alguna manera, se formaron mediante unos procesos de interiorización del mundo externo y una vez terminada esta formación rebota hacia éste, las imágenes se expanden, no se contraen, buscando tanto aquello que representan como posibles sujetos que la observen (la idea de signo + referente + sujeto).
La imagen como tal nace y mora en un soporte, sí, pero su relación parece un matrimonio de conveniencia, pura funcionalidad ya que a esta imagen no le interesa su base material. Pero, además de los condicionantes que existen en los materiales, en los soportes, en los procesos anteriores y posteriores a la formación de las imágenes, ¿cómo y cuándo las imágenes además de su acto “expansivo” descrito suman el de sentido inverso?, esto es, ¿cuándo y cómo ponen de relieve su base material haciéndola en mayor o menor medida visible de manera que pueda ser reconocida, intuida o tenga valor de indicio en medio del acto proyectivo, acto éste que nunca cesa y que es totalmente compatible con el introspectivo que acabamos de insinuar?
Aclarando, la imagen formada (revelada, positivada y en cine proyectada) denota y connota de suyo atendiendo al contenido en superficie, sus formas, colores, composiciones, etc. ¿Puede entonces hacer lo mismo no con su superficie sino con su profundidad material? Podrá y lo hará en época no proclive a ello. Época que ya dijimos en la anterior entrada tiende al maquillaje general y de los soportes en particular. Y en las prácticas afines a esta tendencia al maquillaje de lo digital ¿surgirá la misma problemática introspectiva?
Las superficies, más o menos figurativas, remitirán a sus modelos externos, a ellas mismas como elementos icónicos y al tiempo a sus soportes materiales, a sus formatos y a los medios empleados en su consecución. El referente y autorreferente más allá, estos últimos, de conceptos puramente teóricos discutidos al límite y siempre presentes en el debate estableciendo la relación interna entre las imágenes y el cinematógrafo pueden necesitar de apoyos para sostener dicha discusión, basada por lo general en ideas levantadas a partir de la superficie de las imágenes o del movimiento ofrecido por el medio fílmico.
Tal vez sea moverse en conjuntos demasiado abiertos y amplios, mejor si se reduce a dos elementos que ejerzan de representantes de sus respectivos colectivos:
Sobre estos dos diminutos elementos, sobre estas dos inapreciables realidades que sólo adquieren entidad significante y reconocimiento en la unión y contigüidad masivas con sus homólogos, se ha pretendido establecer la dialéctica cinematográfica desde unos años atrás hasta el momento actual.

Alarmismos, debates cerriles, posturas enfrentadas, anuncios de muertes, renacimientos y mutaciones varias, denuncias cruzadas que en el griterío no escuchan los susurros de una polémica que no es única de nuestro tiempo, tan amigos somos de mirarnos siempre el ombligo como últimos ejemplares en la escala evolutiva.
El realismo, lo real y su imagen, la reproducción de ésta (los clones digitales), la tecnología con sus filias y fobias por parte de los usuarios. Romanticismos y futurismos reinterpretados sin rigor. Contenido y/o continente… debates históricos tan trillados que se resisten a abandonarnos, es más, resucitan con fuerza en el nuevo contexto sobre todo desde posturas polarizadas, con frecuencia pagando deudas de metodologías cerradas.
Esto nos puede ayudar para abrir el campo del análisis, rascar en la superficie de la imagen si es necesario, conocer su tramoya y ver si ésta se refleja o al menos deja poso en dicha imagen.
















