
Volvió a palpar con torpeza el rostro y al fin pudo reconocerse. Una cicatriz en la sien derecha y la náusea seguida de una entrecortada arcada, le ofrecieron la primera información para saber quién era y por qué se encontraba así.
Y si lo segundo pudiera ser circunstancial, que no lo será, lo primero suponía la última huella de una identidad que ni siquiera el tiempo, el sol, la nieve y el viento habían conseguido maquillar, creando durezas y profundos hachazos que ahora lo eran menos por la pátina de carbonilla y mugre que los rellenaban.
Si todavía era capaz de acoger algún recuerdo agradable ése era el que le producía el lejano momento en el que su amigo de infancia Wladek le estampó en la sien la maqueta en hierro de una pionera máquina de vapor jugando a lo que ellos llamaban “los viajes”. Aquella tarde calurosa del mes de mayo de 1886, a la orilla del lago Wigry, en su Masuria natal, quedaría grabada para él con la misma dulzura que el gusto de la sangre que le bañaba el labio desde la herida recién abierta. Todas las demás marcas de su cuerpo emparentaban con el dolor.
La náusea, empeñada en desterrar el recuerdo, le obligó a beber con ansia y temblor, de una botella de cristal que a punto estuvo de volcar sobre el taburete de madera con tres patas que la sostenía. Un fogón, una artesa reconvertida en mesa y el desvencijado catre formaban el mobiliario de un húmedo cuartucho del que se apresuraba a salir colocándose con torpeza un raído abrigo de piel; al parecer había dormido vestido.
Fue al helarle los pulmones el aire del exterior cuando comprendió, de nuevo con retardo, qué había hecho la noche anterior para sentirse tan roto. Las tres botellas de licor de hierbas que había empujado, literalmente, garganta abajo eran su calendario particular; cada jueves por la noche, ya cara al viernes, seguía ese ritual que olvidaba por completo a la mañana siguiente y nunca por el tiempo suficiente que a él le gustaría. Haciendo hilo con cada episodio dedujo, que si había salido del cuarto en día tan frío no era sino para trabajar.
Mecánicamente llegó al destino, y sin levantar la cabeza eludía, mohíno, posibles saludos y compromisos obligatorios, para adentrarse en un apeadero ocupado a lo largo por un tren que ocultaba por completo el otro lado de la vía. De éste sólo percibía un murmullo lejano y molesto que él creía amplificado por la resaca.
Escalando los peldaños que le llevaban a su puesto de trabajo con la ligereza que ofrecía la repetición infinita del gesto a lo largo de los años, sintió una notable mejoría. Y si la mejora pareció recofontarle lo hizo nada más por un instante efímero y por la capacidad residual de tacto que aún albergaban sus callosas manos al ponerse en contacto con un cuerno metálico untado en grasa: el volante de la máquina del tren. Nunca hubo utilizado guantes, y en la vibración y la quemazón de los elementos de aquel habitáculo creyó reconocer en otros tiempos cierto poder y control en esta vida, cierto talento.
Abrió una, dos, tres válvulas y esperó la orden de partida, antes símbolo de camaradería y hoy formalismo más frío que el aire del norte que se adentraba decidido desplazando la suavidad sureña del ofrecido por el Vístula. Un grito mal masticado, gutural, que nunca llegó a descifrar, terminó con los preparativos de un calentamiento imprescindible para arrancar la máquina. Las ruedas resbalaron, emitieron un agudo chillido y por fin traccionaron y giraron. Entre latigazos y convulsiones, la máquina y su guía partieron.
Hacía mucho tiempo que no se preocupaba de la carga que transportaba, a decir verdad nunca lo hizo después de que le retirasen de los mandos del expreso Varsovia-Lodz, debido a una presunta imprudencia que él siempre negó. Aquel tren y sus viajeros fueron lo más cercano que tuvo al sentimiento ofrecido por el tacto del cuerno o la visión de su cicatriz. Luego vendrían los troncos de árboles, los bloques de hielo, las cajas de fruta y los bueyes dependiendo de la estación del año en curso.
Las únicas y escuetas instrucciones que tenía para estos nuevos viajes se las había comunicado un nuevo jefe de estación la semana anterior, según éstas debería llevar el transporte hasta el lugar dónde se encontraba el antiguo telar de Treblinka, a unos diez kilómetros de la partida y a un par de las afueras del pueblo. Sin hacer pregunta alguna se había marchado de la oficina del superior dudando de la existencia de parada cualquiera en la zona indicada; una zona que además de vivirla desde la juventud la había conocido y cartografiado mentalmente años después gracias a su trabajo.
Sin la necesidad de frenar con energía debido a lo breve del trayecto y a las malas condiciones de la vía que le impedían la toma de una velocidad crucero, deceleró hasta dar por terminada una larga curva en subida que desembocaba tras un altozano en el telar de Treblinka. Antes de la parada total tuvo que desviarse por un vial desconocido para él y cuyas rectos y brillantes raíles indicaban su presente fabricación. Una vez tomado el desvío y con el tren detenido, tuvo tiempo para escrutar con la mirada un paisaje que no identificó, velado como estaba por el humo vomitado de su locomotora que se iba a mezclar con el de unas chimeneas de mampostería que remataban en lo alto construcciones cercanas. Una larga alambrada de espino, con torres y lámparas a intervalos regulares y esos cercanos barracones prefabricados conformaban aquello que tanto costaba ver.
Sin llegar a comprender tal arquitectura escuchó, mezclado con el ladrido de unos perros, la apertura de los vagones de carga traseros y su habitual displicencia devino ligera curiosidad, estiró medio cuerpo fuera de la ventanilla y observó como arrancaban personas del interior de los mercancías; comprendió al instante.
Cruzando en la distancia su mirada con la de la carga, que era sacada a empellones de los furgones, hizo un gesto con su pulgar rasgándose el cuello de izquierda a derecha mientras presentía que, a partir de ese instante, iba a maldecir el resto de sus días por no haber tenido cuchillo en vez de pulgar.
El Maquinista de Treblinka es ficción y se inspira en el personaje real que aparece en el filme de Claude Lanzmann, Shoah.
29 agosto, 2005
El Maquinista de Treblinka
Publicado por
Roberto Amaba
a las
22:05
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Categoría Literatura
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