28 noviembre, 2007

Kinodelirio: mudanza a un nuevo blog



Con el cariño que le había cogido a ser Maquinista por un día (por un año) cuesta cambiar de imagen y de nombre, pero qué le vamos a hacer. La principal razón del cambio es que no me gustan los juegos malabares narcisistas, por no decir onanistas, a las que se prestan tanto los blogs a pesar de la agradable colaboración en los comentarios (¡eh!, de mudanza también aquellos que me amenizaron las entradas con sus opiniones ;-) ). El nuevo sitio estará abierto a una serie de amiguetes-editores, además de mi persona, que escrbirán cuando quieran y como quieran sobre cine y alrededores.

La orientación será parecida a la que se ha llevado en este blog, pero con la notable diferencia de construirlo desde diferentes puntos de vista y, tal vez, con un aumento del volumen de artículos reduciendo así la periodicidad en la publicación.

Cualquiera que tenga interés en colaborar puede dirigirse a nosotros mediante las fórmulas que indicamos en la nueva web. Allí se os espera para enriquecer los contenidos y para darle algo de vida si es necesario; no hace falta decir que se os recibirá con ganas y con un bufé libre inaugural dedicado al cine de zombies actual: Carne humana: todo un lujo para vuestros paladares.

Un placer, muchas gracias por la atención y bienvenidos, por adelantado, a Kinodelirio.

25 octubre, 2007

Torpezas ejemplares


Que el ser humano siempre ha sido y será torpe no es revelar una verdad oculta durante milenios, es más, lo aceptamos y hasta nos ofrece posibilidades para la broma y la diversión propia o ajena; y lástima de aquellos que no lo acepten porque sufrirán sin medida. Lo somos en cualesquiera de las acepciones conocidas, pero la importancia de serlo varía según la ocasión, según la acción.

El torpe del tropezón o el de la falta de destreza, el torpe cómico. El torpe en el discernimiento, ese torpe que mueve a la empatía, a la ayuda, al esfuerzo; torpes sin maldad, la torpeza del niño o del anciano, la torpeza del fallo en el intento, etc.

Pero hay momentos en los que la torpeza sube de nivel para convertirse en otra cosa más cercana a la gravedad alejándose de manera cruel de la intrascendencia de lo dicho arriba. Una torpeza que flota en un medio consciente pero que lo ignora para tomar el atajo poniendo en dificultades a lo racional.

En este último sentido nuestra capacidad para ser ejemplares ha sido nefasta. Allí donde hemos tenido ocasiones históricas para marcar pautas hemos resbalado (nos hemos dejado llevar) con frecuencia hasta caer en la falta de pudor, por no decir en la infamia. ¿Para qué este sermón con aire de flagelo absurdo? Bien, por la simple razón de poner en imágenes esas "torpezas".

Siempre se ha escrito sobre la relación de las imágenes fotográficas con la muerte, con la idea de embalsamamiento, del recuerdo... Barthes, Morin, Bazin, Sontag, etc. Pero no vamos a volver sobre sus pasos, lo vamos a reducir ahora al empleo de las imágenes como extensión de la torpeza de quien las utiliza, nosotros. La imagen, más que nunca, como documento de lo que envuelve a lo mostrado, de las causas, del contexto.

Hemos sido torpes ajusticiando dictadores y dejándolo para la posteridad, los hemos matado como ellos nos han matado en un talión visual absurdo que se encuentra en una misma dirección de sentido contrario: allí donde ellos lo usaban para perpetuar su poder mediante el miedo nosotros lo colocamos en la vitrina de la justicia impartida sobre el culpable. ¿Qué autoridad moral va a resultar de ello?

A partir del registro visual de los hechos deberíamos intentar buscar mejores soluciones. Quizá el debate abierto por Adorno hace décadas o los ejercicios de Lanzmann sigan estando muy presentes en este terreno (mostrar, qué mostrar, cómo mostrar, cuándo, no mostrar). La inflación icónica actual no puede ser coartada ni excusa porque tenemos capacidad crítica sobre ella, no podemos despistarnos por mucho que el cuello roto de un dictador comparta página de periódico con un anuncio de cosmética o programa de televisión con los últimos avances cinetíficos sobre cualquier disfunción sexual. Vidriera irrespetuosa de los cambalaches, ya lo decía Discépolo.

Se ha venido diciendo que estos momentos "inmortalizados" sirven para ayudar a poner fin a una época, una especie de ejercicio trauma-vs-trauma donde uno desplaza y "cura" al anterior, tal vez, pero ¿es la manera más adecuada de hacerlo? ¿No producen igualmente miedo? ¿Hay algo que se olvide peor en esta vida que el miedo? Dejarlo todo al principio del instinto, más o menos animal, saciado y satisfecho tras un final justo o al de la funcionalidad radical del miedo no parecen los mejores caminos.