28 noviembre, 2007
Kinodelirio: mudanza a un nuevo blog
Con el cariño que le había cogido a ser Maquinista por un día (por un año) cuesta cambiar de imagen y de nombre, pero qué le vamos a hacer. La principal razón del cambio es que no me gustan los juegos malabares narcisistas, por no decir onanistas, a las que se prestan tanto los blogs a pesar de la agradable colaboración en los comentarios (¡eh!, de mudanza también aquellos que me amenizaron las entradas con sus opiniones ;-) ). El nuevo sitio estará abierto a una serie de amiguetes-editores, además de mi persona, que escrbirán cuando quieran y como quieran sobre cine y alrededores.
La orientación será parecida a la que se ha llevado en este blog, pero con la notable diferencia de construirlo desde direrentes puntos de vista y, tal vez, con un aumento del volumen de artículos reduciendo así la periodicidad en la publicación.
Cualquiera que tenga interés en colaborar puede dirigirse a nosotros mediante las fórmulas que indicamos en la nueva web. Allí se os espera para enriquecer los contenidos y para darle algo de vida si es necesario; no hace falta decir que se os recibirá con ganas y con un bufé libre inaugural dedicado al cine de zombies actual: Carne humana: todo un lujo para vuestros paladares.
Un placer, muchas gracias por la atención y bienvenidos, por adelantado, a Kinodelirio.
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Roberto Amaba
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Categoría Historia
25 octubre, 2007
Torpezas ejemplares

Que el ser humano siempre ha sido y será torpe no es revelar una verdad oculta durante milenios, es más, lo aceptamos y hasta nos ofrece posibilidades para la broma y la diversión propia o ajena; y lástima de aquellos que no lo acepten porque sufrirán sin medida. Lo somos en cualesquiera de las acepciones conocidas, pero la importancia de serlo varía según la ocasión, según la acción.
El torpe del tropezón o el de la falta de destreza, el torpe cómico. El torpe en el discernimiento, ese torpe que mueve a la empatía, a la ayuda, al esfuerzo; torpes sin maldad, la torpeza del niño o del anciano, la torpeza del fallo en el intento, etc.
Pero hay momentos en los que la torpeza sube de nivel para convertirse en otra cosa más cercana a la gravedad alejándose de manera cruel de la intrascendencia de lo dicho arriba. Una torpeza que flota en un medio consciente pero que lo ignora para tomar el atajo poniendo en dificultades a lo racional.
En este último sentido nuestra capacidad para ser ejemplares ha sido nefasta. Allí donde hemos tenido ocasiones históricas para marcar pautas hemos resbalado (nos hemos dejado llevar) con frecuencia hasta caer en la falta de pudor, por no decir en la infamia. ¿Para qué este sermón con aire de flagelo absurdo? Bien, por la simple razón de poner en imágenes esas "torpezas".
Siempre se ha escrito sobre la relación de las imágenes fotográficas con la muerte, con la idea de embalsamamiento, del recuerdo... Barthes, Morin, Bazin, Sontag, etc. Pero no vamos a volver sobre sus pasos, lo vamos a reducir ahora al empleo de las imágenes como extensión de la torpeza de quien las utiliza, nosotros. La imagen, más que nunca, como documento de lo que envuelve a lo mostrado, de las causas, del contexto.
Hemos sido torpes ajusticiando dictadores y dejándolo para la posteridad, los hemos matado como ellos nos han matado en un talión visual absurdo que se encuentra en una misma dirección de sentido contrario: allí donde ellos lo usaban para perpetuar su poder mediante el miedo nosotros lo colocamos en la vitrina de la justicia impartida sobre el culpable. ¿Qué autoridad moral va a resultar de ello?
A partir del registro visual de los hechos deberíamos intentar buscar mejores soluciones. Quizá el debate abierto por Adorno hace décadas o los ejercicios de Lanzmann sigan estando muy presentes en este terreno (mostrar, qué mostrar, cómo mostrar, cuándo, no mostrar). La inflación icónica actual no puede ser coartada ni excusa porque tenemos capacidad crítica sobre ella, no podemos despistarnos por mucho que el cuello roto de un dictador comparta página de periódico con un anuncio de cosmética o programa de televisión con los últimos avances cinetíficos sobre cualquier disfunción sexual. Vidriera irrespetuosa de los cambalaches, ya lo decía Discépolo.
Se ha venido diciendo que estos momentos "inmortalizados" sirven para ayudar a poner fin a una época, una especie de ejercicio trauma-vs-trauma donde uno desplaza y "cura" al anterior, tal vez, pero ¿es la manera más adecuada de hacerlo? ¿No producen igualmente miedo? ¿Hay algo que se olvide peor en esta vida que el miedo? Dejarlo todo al principio del instinto, más o menos animal, saciado y satisfecho tras un final justo o al de la funcionalidad radical del miedo no parecen los mejores caminos.
19 octubre, 2007
Un "algo" entre la multitud

De manera habitual estamos sujetos a comportamientos tan establecidos que rara vez nos preguntamos por ellos como ya comentábamos en la entrada anterior. Pensemos en un hecho de la vida real: vemos un asesinato a través de la televisión, entre una muchedumbre alguien es asesinado, el desbarajuste y el caos se apoderan de la escena, un barullo, un todo ininteligible.
Rápidamente saltan las alarmas para regularizarlo, se demanda mostrar al agresor, focalizarlo. Un zoom (¿alguien puede olvidar el zoom de los hermanos Naudet tras el primer impacto sobre el WTC?), un círculo de luz, una flecha, todo vale para aislar. El acto en sí prevalece, grosero y obsceno, sobre el contexto y las razones; al margen de los posibles anclajes que acompañen a las imágenes en forma de comentario de texto o audio, los cuales, tal vez, ayudarán a esa tarea de focalización. Un auténtico ejercicio de pulsión escópica colectiva.
...en la pulsión, de lo que se trata es de hacerse ver. La actividad de la pulsión se concentra en este hacerse.
J. Lacan
Una abstracción de peligroso reduccionismo que arrincona las relaciones entre los elementos y el envoltorio de una escena, tanto en la vida real como en su extensión audiovisual artística. Nos acercamos a una posible proyección del propio espectador en la escena como ansia de lo irrealizable en vida, un deseo tan perverso como presente y que nunca lo encontraremos mejor explicado a nivel visual como en algunas de las películas dirigidas por A. Hitchcock.
La búsqueda, inconsciente (?), para quebrantar las pautas, las convenciones y las normas más elementales sobre las que se levanta cualquier comunidad, empezando por el primer nivel de represión: la familia y terminando en el magnicidio (jerarquías de poder, el Estado) o en la masacre (los semejantes).
Continuaremos con algo igual de alegre xD en próximas entradas.
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Roberto Amaba
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Categoría Estética
16 octubre, 2007
Filmadores compulsivos
Parece como si quisiéramos grabarlo todo, como si viéramos las cosas por primera vez y tal vez sea cierto. Tal vez necesitemos de un aparato a través del cual mirar para poder ver.
Resulta curioso que nunca nos fijáramos en cómo, por ejemplo, se forma el remolino de agua al entrar en una alcantarilla. Ahora, si disponemos de un aparato capaz de registrar el evento allá se nos verá con el tiento de Lubitsch buscando el mejor encuadre o el mejor movimiento para no perder detalle, salir corriendo al minuto para mostrárselo al amiguete, a la familia y por qué no al mundo entero a través de Internet.
Es curioso y ridículo, puede que nos puedan los genes del primate que llevamos dentro, quién sabe, pero son actos que con facilidad se pueden identificar con un grado de evolución bajo o siendo menos duros con un comportamiento infantiloide. Da la sensación de que se está poniendo en ello un componente de fe por no decir de animismo.
Es un comportamiento primitivo, confiado en que un aparato nos desvelará algo oculto en ese discurrir del agua sucia por el sumidero, es el ansia por obtener un valor simbólico al reproducirlo (sin confianza alguna en nuestras propias capacidades). El símbolo como principal mercancia del pensamiento, como embrión de un metarrelato, bien materialista bien capitalista, da igual, que vendrá a intentar regular la inestabilidad y los signos flotantes que no llegamos a comprender y a los que por tanto tememos.
Busquemos el lado positivo, que también es poderoso: finalmente y aunque sea a través de mediadores podemos tomar conciencia de que tenemos ojos y podemos mirar y ver con ellos, tengamos a mano o no una cámara en alguna de sus formas actuales. Descubrir entonces los suscesos que pasan inadvertidos por pura desidia hasta que nos preguntamos: ¿y ahora con este teléfono o con esta cámara de última generación, qué demonios puedo grabar?
Hagamos la pregunta aunque no tengamos dispositivos para registrarlo, será un gran favor que nos haremos a nosotros mismos. Algo tan sencillo como dar un paseo con la cabeza y los ojos lejos del adoquín. El resto sería repetir, de muy malas maneras y en la mayoría de las ocasiones sin talento, lo que otros llevan intentando responder desde 1895. En buena medida un hipotético futuro del cine podría pasar por cómo seremos cuando alcancemos como especie cierto grado de madurez, sobre todo en nuestra relación con la tecnología.
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Roberto Amaba
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